Brújulas que buscan sonrisas perdidas

Albert Espinosa

 

Narrada en 1ª persona por Ekaitz, su protagonista, está novela nos transmite el sentimiento frustrante y de resentimiento en el que vive un hombre desde su infancia, sin apego familiar, carente de emoción y motivación por la vida.

Y es a través de las vivencias que marcaron su infancia como conocemos al hombre adulto herido por ese rencor acumulado durante años donde no hay cabida para el perdón y sí para el continúo dolor.

Una vida de la que huyó y a la que vuelve con gran rechazo, porque volver muchas veces implica renunciar a todo aquello por lo que te fuiste.

“Sentía que no pertenecía al lugar donde estaba que no me gustaban las costumbres y que tenía ganas de hacer algo diferente…”

El punto de inflexión en nuestro protagonista vendrá de la mano de la enfermedad del padre que debiendo ser la figura más cercana y conocida para él fue siempre la más distante y desconocida. Y es al tomar esa difícil decisión, insoportable en muchas ocasiones para él, la de no dejar sólo al enfermo, donde reconstruirá de nuevo su vida hasta entonces vacía de sentimiento paternal por los recuerdos vividos y que transformará con sus pensamientos y vivencias presentes en compasión y perdón.

En contraposición al mundo de rencores que le provoca la figura paterna y masculina de su hermano, los pilares que sí han dado sentido a  la vida del protagonista fueron las mujeres apartadas de su vida de forma y manera amarga, las que aún sin estar ya presentes moldearán su carácter y sus actos liberándolo de la frustración vital que viajaba con él al volver al lugar del cual huyó.

Pero son sus propias miserias reflejadas en el resto las que le hacen sentir rechazo hacía ese ser en que se ha convertido y se irá alejando de él de forma gradual a través del descubrimiento de esa figura paterna y todo aquello desconocido hasta entonces de ese hombre indefenso y enfermo al que por fin conoce en edad adulta y del que escapó siendo un joven.

De está novela extraería una invitación a reflexionar sobre los rencores que nos acechan a diario, mal curados, incomprensibles, a los cuales no les damos ni  tan siquiera el privilegio de la curiosidad de aliviar esa angustia provocada muchas veces por la sóla visión unilateral de nuestro mundo.

 

Si no estás muerto todavía, perdona. El rencor es denso, es mundano; déjalo en la tierra: muere liviano. (Jean-Paul Sartre)

 

 

              continuación os dejo el Relato breve que me ha inspirado Brújulas que buscan sonrisas perdidas 

 

El aeropuerto

Son las 05:30 de la mañana, madrugué con la esperanza de acortar el tiempo y que no amaneciera pero a mí siempre se me escabulle por los pies, por ese sostén que me lleva siempre al mismo sitio.

Mientras vamos avanzando voy haciendo un repaso mental de lo que hoy me apetece desayunar, me quedo embobado mirando esos expositores de cristal tal limpios por ambos lados ¿cómo es posible?;  yo soy incapaz de tener en mi casa un cristal limpio por un sólo lado; me acerco e intento verle el truco y mi mano irremediablemente se posa sobre una pequeña fisura apenas imperceptible pero que yo sí he advertido y siento de nuevo el frío que recorrió todo mi cuerpo cuándo aquel otro cristal se fracturó y nuestras vidas con él.

Van cambiando las personas que se sitúan delante y detrás de mí, pero nunca cambian esos cristales en los que me veo reflejado como parte de ese escenario inmutable.

¿Vas a pagar con tickets?, conozco a Maria desde hace años, pero siempre al hacerme esa pregunta le miro y juraría que casi nunca la veo y doblado por la mitad entre mis dedos se lo doy, siempre contesto de la misma forma, en silencio, y ella nunca pide más, asiente, lo recoge y me acerca entonces mi bandeja.

Mi sitio también es el de siempre, el taburete de la esquina derecha, entre el final del mostrador y el inicio de las mesas altas, frente al gran ventanal que espero algún día refleje hacia donde voy porque ahora no lo sé, no soy capaz de avanzar, soy incapaz de controlar este silencio que controla  mi vida y afecta a todos aquellos que se acercan a mí como si tuvieran culpa por no sufrir como lo hago yo, y han pasado 5 años ya….

Aquel había sido un invierno muy frío y por primavera decidimos cerrar la terraza, mejoraría la calidad del hogar en los días frescos y  evitaría el ruido del cercano aeropuerto.

Desde aquella terraza podíamos pasar las horas mirando aviones despegar y aterrizar, fantaseando sobre quienes volarían en ellos y como serían; por esta razón decidimos cerrarla con grandes vidrieras que nos permitieran seguir inventando vidas.

Fue nuestro rincón preferido de todos aquellos que compartimos; “estallo porque al colocarlo no se había calzado correctamente”, eso me dijeron; Ana se encontraba como tantas tardes que salía pronto de trabajar frente a nuestra mirador de cristal contemplando el aeropuerto; tampoco se calzo aquel día cuándo llegué y la encontré frente al gran ventanal hecho añicos.

Tengo miedo…..esa fue su despedida, después llego el absoluto silencio  para mi desesperación y mi caos.

Son las 05:45 de la mañana, se le escurre por los dedos y se rompe en mil pedazos, no se inmuta, soy yo el que da un respingo de su asiento y siento de nuevo el aire gélido que me dio en la cara al abrir la puerta de mi apartamento aquella tarde.

Me acerco y después de tantos silencios entre nosotros articulo un -“Maria, ¿estás bien?” Ella me mira y me dice, si, estoy bien, no tengas miedo. 

 

 

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