Tú no matarás

Julia Navarro

Última novela de Julia Navarro, publicada en Octubre de 2018.

Comienza en Madrid en Mayo de 1941.  Apenas, dos años antes había finalizada la Guerra Civil, contexto histórico en el que nuestra escritora ambienta su novela.

Es una novela coral, dadas sus más de 900 páginas, alrededor de nuestros dos principales protagonistas, Catalina y Fernando, junto con Eulogio (amigo de la infancia de Fernando), se va vertebrando toda una red de personajes que no diría que son secundarios;  todo lo contrario, ya que cada uno tiene una voz propia, muy diferente en cada uno, y que por ellos mismos, podrían dar lugar igualmente a una novela.

En una primera parte,  Catalina, Fernando y Eulogio, nos darán a conocer de primera mano el Madrid de los años posteriores a la Guerra Civil, y como todo aquello influyó en en la convivencia del día a día, entre los que se sabían derrotados y  los que se mostraban orgullosos por la victoria.

Y es esa sociedad de posguerra, con su mentalidad opresiva propia de los años 40, lo que determina que los tres amigos tomen una decisión crucial en sus vidas.  Huíran del país, cada uno por sus motivos, pero con la convicción de que no hay vuelta atrás a pesar de todos los incovenientes que arrastran.

Pasarán  los años, 36 en el exilio. Y viajaremos con ellos a Alejandría, y desde allí a París.  El motor de la historia siempre será la vida personal de los dos principales actores de la novela, Fernando y Catalina. Que entrelazarán sus vidas con la Segunda Guerra Mundial y todos aquellos secundarios que van apareciendo y le dan contenido, conciencia y lugar a la historia.

Engancha, con una muy buena trama, que a veces, en mi opinión pasa muy por encima de historias y personajes que tienen mucho más que decir.

Pero es que esta novela dá para muchas otras novelas.

Quizás hacía el final se haga más predecible, han pasado los años, vas conociendo a los protagonistas, y diría que incluso puedes llegar a intuir sus conductas y reacciones, que a veces pueden llegar a crisparte, por el no entender de algunos comportamientos que pueden rozar lo enfermizo.

De esta novela tan extensa se podría decir mucho más. Odio, venganza, frustracción, rencor, vergüenza, compasión, perdón…

Y como no, el amor, en todas sus variantes, del más “común” y no por ellos menos verdadero, al posesivo, pasional, desventurado o compasivo.

Todo y más sentirán y vivirán nuestros protagonistas, os animo a descubrir las vidas de Catalina, Fernando y Eulogio.

 

       A continuación os dejo el Relato breve que me ha inspirado Tú no Matarás

 

EL HOMBRE DE BARRO

Aquella noche de sábado se celebraban las fiestas patronales, y en torno a la plaza del pueblo iban llegando los lugareños luciendo sus mejores galas; Joanot fue uno de los primeros en llegar. No dejó de bailar, no había joven que no quisiera bailar con él.

En las últimas semanas, y siempre vagamente, había recordado que a Elisa apenas le quedarían días.  Y fue apenas llegada la medianoche, en aquella plaza llena de gentes disfrutando de sus vidas, cuándo su mirada se cruzó con aquella mujer a la que había visto en otras ocasiones por el pueblo, y que con paso ligero, cruzaba la plaza, y se perdía  por una de las callejuelas que él bien conocía.

Era el momento, había llegado aquel hijo no deseado, por lo que al amparo de la oscuridad, bordeando la orilla de la Albufera, Joanot salió huyendo con lo puesto.

Corrió hasta que le dolieron los pies, sin detenerse a pensar hacía donde dirigirse.  Siguió el curso del río todo lo rápido y lejos que pudo del pueblo. Empezaba a pesarle la ropa, y  esa lluvía que caía por su rostro, apenas le dejaba ver hacía donde se dirigía.

Necesitaba descansar, reponer fuerzas y poder continuar su viaje.  Con suerte, que al encontrarse con aquella barraca en desuso desde hacía ya años, no dudó en refugiarse en ella.  

Aquella fue su primera noche, apenas durmió, no dejó de llover, el viento arrastraba con fuerza los pinos y las cañas de las orillas golpeando la barraca. 

Por la mañana sus ropas seguían húmedas, tenía frío y hambre, su mente estaba demasiado cansada para pensar en lo que debía, y al despertar, no recordaba las horas que podría llevar en su refugio.

Había dejado de llover, pero todo aquel ramaje sacudido la noche anterior le impidió abrir la puerta. Estaba encerrado en una barraca destartalada, de la que apenas desde fuera, se podría apreciar la puerta de entrada. No podía salir, pero quienes ya lo estarían buscando a estas horas, tampoco darían con su escondite, aquello lo tranquilizó y el agotamiento volvió a dejarlo adormecido. 

El amanecer de su segunda noche lo encontró despierto, el sol comenzó a calentar el barro, eso lo endurecería y le sería aún más difícil poder abrir la maldita puerta.

De forma instintiva Joanot miró hacía el techo, el barro y la caña no iban a aguantar las lluvias torrenciales que le habían caído encima, el tejado había quedado muy dañado, se había venido hacia abajo, y en cualquier momento acabaría cayendo sobre él.

Sin forma consistente no tardaría en quebrarse y romperse, y fue en aquel instante cuándo sintio algo nuevo, no había nadie, nadie que pudiera limitar su libertad y la independencia que ponía por delante de todo y de todos y lo echo de menos.

De todos menos de Nela, su querida hermana Nela, capaz de saber lo que pasaba por su cabeza sin apenas dirigirle una palabra. Su vínculo era mucho más que el de unos hermanos, quizás fuera porque como decía su madre, los mellizos siempre son algo más. 

Joanot, pensó que Nela pudiera estar preocupada, no había podido despedirse de ella. Ya sabría los motivos de su huída y sólo esperaba que lo entendiera y perdonará.

Muchas cosas debieron pasar por la mente de Joanot en aquellas circunstancias, por eso, cuándo oyó ladrar a un perro y un voz familiar le llamó creyó estar delirando.

-¡Joanot, contesta, estoy sola!, ¡Me oyes!, 

Durante un instante, no supo que hacer, sabía que su hermana, sería incapaz de apartar por sí sola toda aquella vegetación que atrancaba la puerta.

Y el techo, cada vez más combado, no prometía pasar muchas horas más manteniéndose sin caer.

-Nela, ¡Estoy aquí! En la Barraca. 

-¿Donde?, ¿no te veo? 

-Dentro, estoy dentro, no puedo salir, la puerta está atrancada, ¡no puedes entrar y yo no puedo salir!

Fueron hablando mientras Nela como podía, daba vueltas alrededor de la Barraca, buscando un pequeño agujero por el que poder liberar a su querido hermano, o quizás, un punto en el que poder sentirlo más cerca.

Agotada, se sentó sobre unas cañas, Joanot hizo lo mismo. Sobre el suelo aún mojado y embarrado, con la espalda pegada en la pared sintiendo muy cerca el cariño de la persona que mejor lo entendía y comprendía.

Y de esa forma, como en tantas otras ocasiones, estuvieron horas hablando de la familia, de los amigos, de las mujeres, incluso hubo tiempo para la broma, para las reflexiones. Siempre le fue fácil encontrar consuelo en su hermana, y esa facilidad que tenía ella de sacarle las confesiones más intimas que sembraban su mente.

El tercer anochecer llegó sin ambos darse cuenta, durante toda la tarde los crujidos del techo les habían avisado que el momento de la despedida estaba cerca, ninguno de los dos se forzó en alargarlo.

-Nela, se acerca la noche, tienes que volver a casa, está empezando a hacer frío y a la mínima siempre acabas resfriada.

-Si, y las lluvias de estos días han destrozado el camino y no quiero caer al río por no saber donde piso. Prométeme que intentarás dormir y guardar fuerzas.

-Te lo prometo Nela, sabes que a ti siempre te hice más caso que al resto.

Quizás Joanot era un hombre libre o a lo mejor un mal hombre, sin necesidades más allá de las primarias y que tenía cubiertas.  Su historia me ha hecho pensar en la mía. Yo no soy igual, no siento necesidad de toda esa libertad con la que vivió él. No siento a la soledad como mi mejor acompañante. 

 

 

 

 

 

 

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